lunes, 3 de octubre de 2016

RAMÓN MARTÍN, UN ENAMORADO DE NUESTRAS RAZAS AUTÓCTONAS




Hasta las mismas faldas de la emblemática montaña de Arucas, se alarga la ciudad de las flores, también conocida como de la piedra, por sus múltiples minas de cantería azul.  Desde estas laderas se disfruta de una de las mejores vistas de la ciudad norteña, que preside un feraz valle sembrado de plataneras y caña de azúcar, aunque sus cultivos hoy solo sean la sombra de antaño.
En este favorecido enclave, situado en el mismo Camino de la Cruz, se encuentran las perreras de Ramón Martín Rivero, un jovencito ochentón, que encandila por su increíble energía y desatadas pasiones en todo lo que hace.


Con Ramón se puede estar hablando durante horas sin descanso, ya que atesora en su memoria multitud de anécdotas, experiencias y recuerdos de sus muchas aventuras vividas en los ochenta intensos años que lleva sobre sus espaldas.
Nuestro hombre demuestra a diario que la edad no es la que figura en el reverso del DNI, sino la que la mente considera y su actitud ante la vida es la mejor muestra de su imperiosa juventud frente a Ia pasividad y desinterés que muchos jóvenes de hoy manifiestan.
Es raro que no se encuentre inmerso en alguna lucha local, ya sea batallando por el barrio donde reside, protestando por cualquier injusticia social, luchando contra la Administración por la forma de exterminar las cabras guaniles, creando asociaciones culturales, impulsando ferias y conferencias para dar a conocer nuestras razas caninas, ganaderas y plantas autóctonas, o poniéndose frente al micrófono radiofónico para fomentar el cuidado de nuestros campos y sus usos tradicionales.


Martín dedica buena parte del día a atender a sus muchos perros, gallinas y pájaros, a los que cuida como si de sus mismísimos hijos se tratara. Pero entre sus más acendradas aficiones se encuentra la cacería tradicional, a la cual lleva dedicándose desde el año 1948 de manera ininterrumpida y a la que se entrega varios días en semana. Entre su rutina canina se encuentra el entrenamiento de sus podencos en los escasos campos de entreno que hay en la isla y, de forma cuasi religiosa, las obligatorias cacerías de los jueves y festivos.
Ramón practica la caza tradicional en Gran Canaria, la artesana, la de los verdaderos cazadores, detesta a los escopeteros y sale al campo sin arma de fuego alguna, provisto únicamente de “Serena” y “Tabaiba” su pareja de podencas canarias, su morral, su inseparable hurón y, últimamente, también acompañado de un garrote de pastor, con el que salva los desniveles del terreno con una agilidad envidiable. A su espalda cuelga una de las muchas huroneras o corchos que usa para el transporte del hurón, algunos con décadas de existencia, cuidadosamente labrados por él mismo en troncos de Tunera y Verol, donde aloja al feroz depredador encargado de expulsar al conejo de su refugio.


Con estos aparejos y una energía impensable en un octogenario, Ramón se enfrenta al árido malpaís de la isla, persiguiendo a los rabiblancos con su pequeño ejército montero, tal y como viene haciendo de manera ininterrumpida desde que tiene memoria.
Batallador incansable en la defensa de nuestras razas caninas de Canarias, participó activamente en el primer simposium de razas españolas, celebrado en Córdoba allá por 1982, a donde se fue acompañado de “Flecha”, una de sus mejores y más recordadas podencas, para hacer una exhibición en vivo del estilo de cazar de esta antigua raza.
Pero si el podenco canario ha sido santo y seña en la vida de nuestro hombre, no se queda ahí su devoción por los perros isleños.  Ramón se ha empeñado en completar su jauría con ejemplares de todas las variedades autóctonas reconocidas y en su casa conviven sus podencos con perros majoreros, garafianos y perros de presas canarios.   



“Garafi” es su ejemplar de pastor garafiano, un bello animal al que sorprendimos en plena muda del pelo, recuerdo de su etapa como delegado grancanario del Club de esta raza palmera. A “Garafi” le siguió “Prim”, un prometedor cachorro de majorero, recientemente traído de Fuerteventura, que ya luce el palmito de un adulto y que hace las delicias de su dueño. Y no podía faltar el presa en la colección de Martín. “Pancho” se llama el joven moloso que Ramón pasea por su querida Arucas, para demostrar que el estigma de perro agresivo e inmisericorde no encaja con el presa canario. No contento con ello, dos veces en semana lo somete a adiestramiento bajo la dirección de Antonio Miguel Martel en el Club del Perro de Presa Canario de Las Palmas.  A este lote canino, pronto se sumará un lobo  herreño de líneas de trabajo, que completará la manada de Ramón Martín, todo un romántico de nuestras tradiciones y razas autóctonas, a quien deseamos que nunca pierda esa energía vital que derrocha a diario, para envidia de sus paisanos más jóvenes.